CAMAGÜEY.- Día por día, muy temprano en la mañana, el Doctor Eduardo Espinosa del Risco, el Espinosita de muchos, comienza a desandar el hospital pediátrico Eduardo Agramonte Piña, al que ha dedicado buena parte de su vida.

No lo recorre por gusto, lo hace buscando a sus alumnos, les pregunta cómo les fue en la guardia y les recuerda la conferencia que en breve tendrán con él. “Es muy difícil dormirse en su clase” —dice uno de sus muchachos. Su sentido del humor los mantiene despiertos y si nada más que pestañeas, te sienta junto a él,  frente a todos. A sus 85, no duda en viajar a los municipios y jamás ha pensado en abandonar a los estudiantes de pregrado, a pesar de que tiene responsabilidades con los de postgrado.

Con ese método inigualable, a veces hasta humorístico, ha formado cientos de pediatras, cubanos y extranjeros y quizá sea esta la medicina que lo mantenga, en sus cubanísimas palabras, “machancándoles la vida a estos muchachos para que estudien”, enfatizó en tono de jarana.

Desde finales de 1959, tras nueve años de estudio —antes la carrera se estudiaba en siete años, pero por la suspensión de las garantías constitucionales, en su caso, se extendió a nueve— comenzó su andar en el entonces hospital San Juan de Dios. Lo llevaba en la sangre, pues su padre había abandonado esa carrera en cuarto año. Desde joven mostró su talento y llegó, a fuerza de sacrificios, a ser alumno interno del Calixto García por oposición y el sexto expediente de su curso.

Foto: Cortesía de sus alumnosFoto: Cortesía de sus alumnosEl Profe nos reveló la fórmula que le permite mantenerse en forma: “trabajar, tener vergüenza y sobre todo, comer tomates”.

¿Cuánto le sirvió haber vivido aquella época anterior a 1959?

—En aquella época había que apretarse el cinto, no era como ahora que llega una coriza, una erupción, no existía el médico de la familia ni la atención primaria. En las condiciones que llegaban al hospital muchos pasaban directo a la funeraria o al cementerio. Eso me dio mucho ojo clínico, que se adquiere viendo muchos pacientes; es algo que falta hoy de manera general. Hubo momentos en que ya estaba en casa y tenía que virar al hospital porque había llegado un caso que a mi profesor le interesaba que viera.

“Triunfa la Revolución, tenía que hacer el posgraduado y me ubicaron en Najasa seis meses. Fue tremenda experiencia porque había un centro espiritual a una cuadra y los pacientes iban de un lado a otro. Tengo muy gratos recuerdos de esa etapa. Todavía me ven en la calle y me dicen ‘mi hijo le debe la vida a usted’. Eso reconforta más que un viaje al exterior a buscar pacotilla”.

¿No ha salido de misión?

—No, la misión mía es aquí, la misión es aquí, formándolos a ellos para que sean buenos y después puedan aportar aquí y en cualquier lugar del mundo donde hagan falta.

¿Cómo valora la medicina cubana? ¿Ha evolucionado con el paso del tiempo?

—El cambio es inmenso, de la noche al día. Independientemente de que tenemos problemas, muchos por responsabilidad nuestra, por no trabajar y no cumplir lo establecido; si todos pusiéramos nuestro granito de arena estaríamos mejor, no solo en la medicina, hablo de manera general.

“Nos hemos acostumbrado a que todo lo pague el Estado y eso no fue lo que nos enseñó el Comandante en Jefe. Yo me acuerdo que antes llegaban a San Juan de Dios los campesinos pobres y se endeudaban aún más, no tenían dinero para pagar los tratamientos. Si hubiera habido médicos de la familia, menos personas se hubieran muerto, pero les tocó nacer en un país que no se preocupaba por su gente”.

¿Por qué le dedica tanto tiempo a la docencia?

—Porque estos muchachos son el futuro, son quienes me van a atender a mí y a mi familia, tienen que estar bien preparados, porque de lo contrario le disparan a la gente una dosis mal calculada de potasio, por ejemplo, un “potasión” como yo les digo, y allí mismo comienzan las complicaciones.

“Hay que formarlos, ellos tienen dificultades como las tenía yo cuando empecé, pero siempre les digo que deben adiestrar el ojo clínico. Este grupo es grande y hay de todo como en farmacia, pero lo principal, lo que más les exijo, es la vocación. Hay que saber estudiar, desarrollar el pensamiento lógico-médico, lograr el seguimiento al paciente y disminuir siempre que se pueda las investigaciones complementarias, que son gratis, pero cuestan. Por eso el día del examen los cruzo, no sabe, repita y aprenda, porque es la vida lo que está en juego. Pero ellos van salir bien preparados”.

Quizá por esa exigencia desde la formación es que la medicina cubana es tan reconocida en el mundo.

—Así es, no es por gusto la situación que le han creado al hitleriano de Bolsonaro por la salida de los médicos cubanos de Brasil. Nuestra medicina es muy sensible y cercana, toca al paciente, no lo ve como una mercancía, sino como el ser humano a salvar por encima de todo.

Una de las frases que más recuerdan sus alumnos es: “Esto es pediatría”. ¿Por qué tanto énfasis?

—Esto es pediatría, no es para retrasados mentales, ni para psiquiátricos, esto es pediatría y hay que traer base de primaria, secundaria, pre y hasta de la familia. Entonces hay que estar arriba de ellos para hacerlos entender que está en juego la vida de los más pequeños.

“Es salvar lo mejor que tiene la humanidad: los niños. Hoy tenemos hasta trasplantes de riñones en niños, realizados por especialistas que muchos salieron de estas aulas. Yo recuerdo casos en los que este país ha comprado medicamentos en otros lugares del mundo, a precios elevados y se ha mandado un avión solo para buscarlo, y así algunos se quejan. En medicina la clave es prevenir. Que hay que trabajar, es verdad, ¿para qué te hiciste médico?, esta profesión implica sacrificios.

“Tenemos cosas malas, que en gran medida son responsabilidad y desvergüenza nuestra, pero eso ya lo pondremos al hilo, y pisaremos callos si es necesario, pero no me moriré sin verlo, son muchas cosas las que están juego para seguir pasando manos tibias”.

¿En qué piensa el Profe Espinosita cuando compara las cifras récord de mortalidad infantil con aquellas de cuando usted empezaba?

—Pienso en lo mucho que ha favorecido la Revolución a las capas más bajas de nuestra sociedad. Pienso en que no ha sido en vano todo lo invertido en educación para la salud. En San Juan de Dios, cuando yo empecé, se enterraban todos los días cuatro o cinco niños fallecidos a consecuencia de la gastroenteritis, con deshidrataciones inmensas porque no recibían la atención a tiempo, pero había que vivir aquello para entenderlo, y si habían elecciones cerca aparecía la cajita, de lo contrario, ni eso, muchas veces la comprábamos los mismos médicos con una “ponina”. Algunos pudieran pensar “este viejo está loco”, pero no, esa era la triste realidad de Cuba antes de 1959.

El Profe fue claro en su mensaje, 60 años después de haberse graduado cómo médico:

“Esta es una carrera donde no se termina de estudiar, de investigar ni de asistir pacientes, hay que tener conciencia y vocación, no es por dinero o por ir para Venezuela u otro país de misión, es para trabajar en función de salvarles la vida a las personas”.

Epílogo: Al final de cuarenta minutos de intercambio, el sitio se había llenado de estudiantes de Medicina que habían ido a escuchar las historias de su Profe, el aplauso no se hizo esperar, había sido otra conferencia de Espinosita y sus muchachos no podían perdérsela.