CAMAGÜEY.- Habla de Alfredo, su padre, con evidente veneración; de él aprendió, a fin de cuentas, lo que son los ideales de justicia y de revolución. Mas se refiere al Che con vehemencia: “era el más consagrado”, dice. Le propongo conversar de Ernesto Guevara porque Raúl Zurita es un camagüeyano que participó en la Toma de Santa Clara a fines de 1958. Pero el diálogo reserva algunas sorpresas...

Raúl tiene mucho por contar, no son solo los sucesos de aquel territorio central de Cuba los que lo unen al Guerrillero Heroico; si Zurita solo hubiese estado allí —y no es poco el mérito— ¿cómo lograría atesorar las 39 medallas que confirman su condición de patriota? Vestido con camisa y pantalón azules, además de una roja gorra que cubre algunas canas, se dispone a narrar cada detalle, y nos vamos olvidando de sus 78 años de edad.

El hijo encuentra la foto. "Yo pensaba que ya no existía", dice Raúl, y cuenta: "Esto es en un lugar que se llama El Pedrero allá en el Escambray. Ahí se firmó un pacto entre el Directorio y el Che, para unir las fuerzas. Yo tenía 16 años de edad". Foto: Cortesía del entrevistado. El hijo encuentra la foto. "Yo pensaba que ya no existía", dice Raúl, y cuenta: "Esto es en un lugar que se llama El Pedrero allá en el Escambray. Ahí se firmó un pacto entre el Directorio y el Che, para unir las fuerzas. Yo tenía 16 años de edad". Foto: Cortesía del entrevistado.

De las acciones en Santa Clara, la ocupación de la fortaleza de San Carlos de La Cabaña, la limpia del Escambray y su estancia en el Caney de las Mercedes —acontecimientos todos asociados al Che— conversa Raúl, quien confiesa aprovechar lo poco que le queda de visión para leer los periódicos desde la primera hasta la última página, y ver todos los espacios informativos de la televisión, porque  él no es un hombre anclado en el pasado.

Como hablar de historia, si se hace de manera coloquial, no implica necesariamente el orden cronológico, en los cinco primeros minutos del diálogo el entrevistado cuenta cómo quedaron impresionados él y sus compañeros aquel día de noviembre de 1959 cuando el Che llegó en un vehículo al Caney... y enseguida se “pegó” a trabajar con ellos.

“La mayoría de las fuerzas del Ejército Rebelde se habían concentrado allí, donde se inició la construcción de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos. Ese día estábamos echando la placa en una de las edificaciones. El Che se bajó del carro, agarró una carretilla e inmediatamente comenzó a tirarle concreto a la obra. Todo el tiempo estuvo trabajando con nosotros, en una fecha que pasó a ser conocida como la del primer trabajo voluntario, encabezado por él”.

Siguiendo la “línea” de la retrospectiva, lanzo una pregunta.

—¿Cómo llega usted a Santa Clara?

—Fidel había enviado al Che a la parte central del país, por las situaciones que allá se estaban dando con los revolucionarios. Había mucha división entre las fuerzas del Movimiento 26 de Julio (M-26-7), el Directorio y el Segundo Frente Nacional del Escambray. Su misión era lograr la unidad entre ellas y ponerse al mando.

“En ese tiempo yo estaba involucrado en las acciones clandestinas en el municipio de Florida, donde nací, y la gente del M-26-7 nos llevó a mí y a otros jóvenes hasta el campamento del Che, que estaba ubicado en un lugar llamado Manacas Ranzola; allí estaba la comandancia.

“Cuando le comunicaron que unos muchachos habían llegado, cuestionó nuestra aceptación, porque íbamos sin armas y sin preparación. Entonces nos envió para una escuela de reclutas similar a la que había dirigido en Minas del Frío por orden de Fidel.

“Allí estuvimos poco tiempo porque las acciones de la columna se fueron acelerando, y en menos de tres semanas ya se estaba produciendo la Toma de Santa Clara”, la cual Raúl califica como una acción “relámpago”, por la que velocidad con que se fueron logrando los objetivos.

El jefe de la Columna No. 8 Ciro Redondo intercambia con oficiales rebeldes en Santa Clara. Foto: Tomada de vanguardia.cuEl jefe de la Columna No. 8 Ciro Redondo intercambia con oficiales rebeldes en Santa Clara. Foto: Tomada de vanguardia.cu

De esos días, Zurita también recuerda el incidente que “amargó” a Víctor Bordón. “A Bordón sus subordinados lo llamaban Comandante, pero el Che, contradiciendo esa costumbre, le dijo: 'Tú no eres Comandante, tú eres nada más capitán'. Tiempo después le asignó la tarea de eliminar una avioneta que se encontraba en el aeropuerto cercano a Fomento y estaba haciendo mucho daño a la guerrilla. El éxito de la operación fue tal que el Che tuvo que felicitar a Bordón: 'Comandante, cumpliste bien la misión'. Así era él”.

Después, el 3 de enero de 1959, vendría la ocupación de La Cabaña, aunque Zurita se considera una pequeña “pajuza” en toda esa historia; para él, merecedores de elogios son los protagonistas de la invasión a Occidente porque “ahora se cuenta muy bien, pero no es fácil hacer una caminata desde la Sierra Maestra bajo el asedio de las fuerzas de Batista y llegar al Escambray en un corto período”.

Tiempo antes, Raúl había viajado a La Habana y un día en el que admiraba el malecón junto a su hermano, le pareció inexpugnable aquella gran fortaleza del ejército batistiano. “Sin embargo, tocó después entrar a La Cabaña”. Y continúa sorprendiéndome con los detalles: “Entramos a las cuatro de la madrugada, por la posta 19. Allí estaban todos los casquitos batistianos formados en el polígono del campamento, pero ocupamos todo aquello, con el Che al frente”.

Luego de una valoración en la que Raúl resaltó la brillantez de pensamiento y la consagración del Guerrillero Heroico, lo interrogo nuevamente.

—¿Donde estaba cuando se emitió la noticia de la muerte del Che?

—Yo me encontraba en Ciego de Ávila, a mi hermana la operaban ese día y estaba toda la familia en el hospital cuando se dio la información. Fue una noticia fulminante, terrible, porque yo pensaba que el Che nunca iba a morir. Yo tenía una seguridad tan grande de eso, que no lo podía creer. Cuando Fidel explicó lo que había sucedido, entonces me convencí. Le habían inutilizado el fusil que llevaba, porque mientras al Che le quedaba un cartucho, no caía prisionero. Así lo capturaron, herido en una pierna, y después lo asesinaron por orden de la Agencia Central de Inteligencia.

Con la total certeza de que Raúl Zurita “vuelve” siempre al Che, me despido. Para terminar nuestro diálogo, él establece una comparación permitida, salvando las distancias geográficas y de época: “El enemigo siempre piensa que con el asesinato mata las ideas, y con el Che pasó como con Tucapari, un indio de América del Sur, que dijo antes de su muerte: 'Mátenme, me multiplicaré en millones'.