CAMAGÜEY.- Saraí lamentó muchísimo que el camino de entrada a su finca La Deseada estuviera casi intransitable por los muchos días de lluvia que nos han acompañado en las últimas jornadas. Ella quería enseñarnos la tierra que la ocupa de sol a sol y que la enorgullece.

También a nosotros nos hubiese gustado verla en sus afanes, mas tuvimos que conformarnos con entrevistarla en la sede de la Cooperativa de Créditos y Servicios Renato Guitart, del municipio de Camagüey. Eso sí, no podíamos perdernos la historia de esta mujer/madre/campesina.

“Yo nací en la finca La Unión, en Jimaguayú. Mis padres después vinieron para el pueblo, pero a mí me quedó el amor por el campo”, dice como certeza Saraí Muñoz Rosabal. “Mi papá, que era combatiente, solicitó un pedazo de tierra. Desde el inicio quien la atendió fui yo, porque él estaba muy enfermo. Después, cuando vino la ‘259’ la pedí y aquí sigo”.

¿Cómo es una de sus jornadas cualquiera?

—Me levanto a las 5:00 a.m. , planto las ollas en el fogón para hacer el almuerzo y no tener que preocuparme más por eso. De allí voy pa’l campo, lo mismo a desyerbar, a chapear, que a deshojar el plátano, o darles comida a los animales. Al mediodía cuando todos descansan yo me pongo a hacer las grampas de alambrón que utilizo para la cerca de la finca y de vez en cuando tiro un anzuelaso en el río, pues me encanta la pesca. Después sigo y a veces son las 8 p.m. y no me he quitado las botas.

“Mi esposo me ayuda. Él trabaja con el Estado, desde hace muchos años es quien mantiene las áreas verdes de la entrada a la ciudad cuando una viene de Oriente. Casi siempre llega temprano y se pega a la par mío. Hay quienes intentan burlarse de él porque yo soy la que mantiene la finca, pero él no les hace caso, no le molesta que yo lleve la voz cantante. Ya llevamos 33 años juntos y siempre vamos a la par”.

¿Y las grampas cómo las haces?

—Todo con mis propias manos. Mi esposo no quería porque me machuco mucho los dedos, y hasta me los rajo. Pero tengo que inventar porque eso es una ayuda y las necesitamos para mantener el cercado; también les regalo un puñado a algunos campesinos de la cooperativa. Mi marido me busca el alambrón de la malla peerle y a mandarria los enderezo, los pico, los doblo y les hago la punta, quedan de fábrica.

¿Qué es lo que más disfruta de su trabajo?

—Cuando estamos en cosecha, o darles comida a mis animales y ver que han crecido gracias a mi cuidado. Los guanajos son los que más me gustan. Les hablo como si fueran personas y les digo: “vengan mis amores”. Me encanta mi trabajo y he tenido buenos beneficios, en la agricultura hay sus altas y sus bajas porque lo mismo el tiempo que una plaga puede destruirlo todo. Pero una se repone y se levanta, lo que no se puede perder es el optimismo en la vida.

“Yo tengo que estar constantemente de aquí para allá, en algo siempre, no puedo quedarme quieta. No dedico ni tiempo para embellecerme. Usted ve las uñas arregladas, pero es porque fue la actividad por el Día del Campesino en la cooperativa, si no, ni me pinto el pelo, nunca tengo tiempo. Mis hermanas quieren que yo deje la tierra y me vaya para el pueblo, pero qué va, yo me muero allí. Esto además de gustarme sé que es muy importante aportar a la alimentación de la gente. También me agrada la música, la romántica, no los ‘pumpum’ —dice sonriendo—, ¡ah! y bailar”.

¿Y los hijos?

—A los 16 años tuve a mi hija, fue maravilloso. Yubisney, de 33 años, es ama de casa. Ella viene los fines de semana y me echa una mano, igual cuando hay cosecha. Mi hijo Oslider nació dos años después. Él es fundamental en la finca, siempre estamos pensando en cómo mejorar las cosas.

La tierra y la maternidad demandan de mucho esfuerzo, resistencia, amor y dedicación. ¿Cómo le ha ido con los dos roles?

—A mis hijos nunca los he dejado de la mano, siempre estoy presente, en la escuela cuando eran estudiantes y hasta a sus centros de trabajo iba.

“No solo soy madre, sino abuela también. Tengo tres nietos: dos nietas y un varón. Dicen los viejos que uno los quiere más que a los hijos y eso es verdad —sonríe con la picardía de saber la repercusión que pueden tener sus palabras.

“Mis nietos son maravillosos y siempre guardo tiempo para dedicarles. Los ayudo a hacer los trabajos que les mandan en la escuela. Los padres hasta se ponen celosos porque dicen que es todo conmigo. En la semana, el sábado o el domingo, aunque sea un rato vamos a pasear, a Coppelia o a algún otro lugar.

“Desde que nacieron cambió mi vida, soy más feliz. Mi esposo de vez en cuando me reclama que siempre quiero andar con ellos. El momento más especial para mí es cuando tengo en casa a todos reunidos, a mis hijos, nietos y a mi esposo.

“Yo quisiera que tú vieras a los dos nietos más grandes, Heidy y Bryan, cuando estamos en la siembra de yuca los fines de semana llenan bolsitas de cangre y las van poniendo en el surco para sembrarlos. La pequeña, Leidy Laura, desde que comenzó a caminar se mete en el lote de chivos y les dice ‘ohhhh, ohhhh’, no les tiene miedo”.

Cuando Saraí habla de los hijos y nietos, tienen sus ojos un brillo especial y la voz se pone entrecortada por momentos. Ella, que es una mujer de pocas palabras, según dicen quienes le conocen, no las escatima para hablar de su mejor siembra, su mejor cosecha: su familia.