CAMAGÜEY.- Para la profesora Ana Jústiz Guerra, la vida es como una clase que jamás culmina. Esta maestra, alumna y ferviente seguidora de José Martí, comparte las vueltas de un destino que desde bien temprano juró lo dedicaría a la enseñanza, al arte de entregar sabiduría para recibir placer espiritual.

“La idea del magisterio le nació de niña. En aquel entonces miraba a mi mamá, que era maestra normalista, preparar las lecciones, calificar las pruebas, educar a los estudiantes, y pensaba: eso es lo que yo quiero ser. Quise incorporarme en sexto grado a la escuela pedagógica, pero solo contaba con diez años”.

Tras la frustración inicial nació un consejo que tomó, y redireccionó su rumbo. Una vez más, la madre tuvo protagonismo: “Ella me dijo que estudiara en el preuniversitario y que luego optara por una carrera universitaria. Seguí al dedillo sus indicaciones y con el transcurso del tiempo me gradué con el título de Licenciatura en Letras, especialidad Lingüística, en la Universidad de Oriente”.

Anita, como la llaman sus familiares y amigos, mira atrás sin temor. Salta al pozo de las memorias y saca sus mejores recuerdos. Vuelve a la infancia y a esos ejemplos que, sumados al materno, impulsaron su sueño de descifrar qué significa ser un evangelio vivo.

“Tuve una profesora en quinto grado llamada Onelia Jiménez Caimares, quien me introdujo por los caminos de la literatura. Nunca olvido aquella composición que escribí para una de sus clases, sobre el poema La higuera, de la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou. A ella le gustó tanto que un viernes, día en que se realizaban los actos cívicos en mi escuela, fui premiada con una caja de bombones Besitos; sin embargo, la alegría vino al conocer que podía hacer algo bien gracias a mi maestra.

“Cuando cursé la educación superior integré una generación privilegiada porque recibí lecciones de grandes educadores como Ricardo Repilado. A él, además de los magistrales conocimientos, le debo el descubrimiento pleno de la figura de José Martí. Su asignatura, Redacción y Composición, la terminé con un análisis de las cartas que envió el Héroe Nacional a María Mantilla. Todavía conservo las anotaciones, fichas de contenido y bibliográficas revisadas que hizo a mis trabajos”.

Del medio siglo que exhibe orgullosa la Universidad de Camagüey Ignacio Agramonte Loynaz, Anita ha contribuido durante 37 años a formar nuevos profesionales cubanos y foráneos. Reconoce cuán difícil, sacrificada y tenaz resulta la labor de un maestro y no duda en desdoblar su pedagogía, entre “maromas” e innovaciones, para casos extremos.

“Mi primer grupo de alumnos extranjeros era de Etiopía. Pasé noches enteras pensando en cómo los instruiría, pues la mayoría se comunicaba solo en amárico o en otros dialectos. Los preparé desde cero. Tampoco olvidaré a los de Corea del Norte, quienes representan un reto para cualquier profesor por su estricta disciplina e idiosincrasia, totalmente opuesta a la nuestra. Una de las claves para lograr un clima apropiado para la enseñanza es la búsqueda de la unidad en mis discípulos”.

Sobre cuán hondo lleva al Apóstol en su cotidianidad, expresa: “Cualquier camino que tome me lleva a Martí. Su obra enriquece de una manera extraordinaria. Él es como una selva inabarcable y un ejemplo verdadero para cualquier educador.

“De sus enseñanzas aprendí que el maestro no puede ser inflexible y debe mantener una actitud veraz y coherente ante la vida, porque ejercemos nuestra profesión en el aula, pero también en la panadería, en la casa, en la bodega... en todas partes”.

Aunque el presente curso Anita se jubilará, ella asegura que todavía le quedan muchas horas para transmitir saberes.

“Seguiré inculcando a los niños de la primaria Renato Guitart Rosell, los últimos viernes de cada mes, desde la Casa de la Memoria, los valores del pensamiento de Martí a través de sus textos, y continuaré en la Universidad trabajando como adjunta. El retiro es solo una palabra en un papel. Esta carrera solo termina con el último aliento”.