Foto: Del AutorFoto: Del AutorCAMAGÜEY.- Olga Góngora Lezcano nació en esta ciudad, aunque la familia era de Vertientes, estudió magisterio en Santa Clara, en la Escuela del Hogar Rural, y volvió para el terruño, donde luego de graduada en 1944 vino a tener un aula quince años después, al triunfo de la Revolución, en la intrincada zona de Santa Lucía 1, entre fango y canarreos y sorteando tempestades.

Los cinco años de becada los pasó alejada del medio familiar hasta los fines de año en que disfrutaba de tres meses de vacaciones, pero como narró su única hija, allí ella aprendió a bordar, a trabajar con troqueles, tejer, a hacer de todo.

No imaginaba una mujer con 94 años, cumplidos el pasado 11 de octubre, con la agilidad que mostró al descender del vehículo en que Omar la trajo a donde vive Olguita, su hermana, en el reparto América Latina, para que la entrevista transcurriera en un ambiente sosegado.

En el mismo 1959 fungió como maestra voluntaria en Santa Lucía durante tres años, dándole clases a 64 alumnos por la mañana, de tercero a sexto grados, y por la noche impartía el pan de la enseñanza a diez hombres analfabetos, uno de ellos con determinada responsabilidad, lo único que sabía era firmar.

Olga, una mujer de voz reposada, cogía el “gascar” en Vertientes, un medio de transporte ferroviario, hasta Cuatro Compañeros, allí bajaba, la esperaba un alumno en un caballo, se montaba y el muchacho pasaba corriendo el río a una velocidad sorprendente. Y el fin de semana volvía a la casa para repetir el regreso el lunes.

De aquel panorama de pobreza, sin aula, no quiere acordarse: “¡Que va!, tenía un ansia de trabajar. Había maestros que cobraban y ponían a otro a dar clases, pero no lo acepté, eso no lo hubiera hecho jamás”.

Repasa en su privilegiada memoria los años que tuvo compartiendo aula y la dirección de escuela en centros como “Jorge Mendoza”, durante un cuatrienio. Encontró en este lugar muchachos y muchachas indisciplinados, pero les advirtió que no les daría clases hasta “que no me digan: vamos a aprender”.

Sucesivamente pasó para un seminternado, al plantel Sergio González, dejó el aula y asumió luego la dirección de la escuela durante 19 años hasta jubilarse con un aval de 37 primaveras.

La atención diferenciada de los estudiantes era una práctica que por intuición aplicaba, antes de que se estableciera como norma por Educación. “Cuando llegó la comisión de Camagüey yo le decía: tengo a fulano con dificultades y después me decían: ‘efectivamente estos muchachos tienen problemas de concentración’”.

Olga se echó a reír cuando le pregunté si alguna vez dio un reglazo. “Llegaron a tener miedo, yo era fuerte, incluso me reunía con los padres y les decía como eran las reglas del juego. En la “Pedro Mendoza” los familiares me apoyaban. Cuando terminaron pasaron a segundo con la seguridad de que habían aprendido”.

¿Cuántos niños enseñó durante esos 37 años?

—¡Uf, ni se sabe!. En Santa Lucía enseñé a Acacia, la auxiliar de limpieza para que me ayudara, yo tenía de primero a quinto grados. Se hizo maestra y se retiró como tal.

¿Cuál es la mayor recompensa para un maestro?

—Es tener un aula y enseñar a sus alumnos. Ese es mi concepto.

¿Qué le sucede cuando usted ve por allí alumnos suyos…?

—Yo voy a Vertientes y salen cuarenta a saludarme. Y entre esos hombres y mujeres que sienten orgullo por ella están aquí Raúl Sarmiento, intensivista del hospital provincial Manuel Ascunce; Leydis Cabrera, uróloga; Alexis Salgado, cirujano, Iliana Porro, o el también Doctor Carlos Enrique Arévalo Tan, jefe de atención médica internacional de la Sucursal Camagüey, por citar solo algunos.

Al recordarle la celebración del Día del Educador el 22 de diciembre trajo a la conversación las más de 200 o 300 tarjetas de felicitación por ese motivo, por el Día de las Madres o por el fin de año.

Siente el orgullo de lo logrado en estos 94 años, de que sus tres hijos sean profesionales, de pertenecer al Partido Comunista de Cuba, de haber realizado labores en la FMC, en los CDR y como presidenta del Colegio Electoral Uno de la Circunscripción 27 de Vertientes, o poseer casi una decena de distinciones o medallas.

Entre ellas figuran: la Distinción por la Educación Cubana, firmada por José Ramón Fernández; la de la Alfabetización, la 28 de Septiembre, de los CDR, de la FMC, la conmemorativa 40 años de las FAR, el sello de Vigilancia, de la Producción y la Defensa y la Rafael María Mendive.

Para finalizar, qué le diría a las nuevas generaciones de maestros y profesores partiendo de la experiencia personal suya: “Que cumplan con todos los requisitos de educación y de corazón, que enseñen”.

Olga, una de los 18 hijos que tuvieron sus padres, estima que la memoria la conserva y que nada se le olvida, porque lee mucho periódico, revistas, completa los crucigramas, no le gusta depender de los demás y bien lo sabe la esposa de su nieto que le pide la ropa para lavarla y esquiva la propuesta: no tengo nada sucio, sin embargo, al regreso la joven ve las prendas tendidas, Olga es mucha Olga.