Y no es solo por la tampoco menospreciable cuestión de su ganado linaje heroico, es también por la presencia queridísima de un ser sensible y sensibilizador de almas, un comunicador locuaz en varios lenguajes de ese hábitat incorpóreo, un hombre hacedor de sonetos que se dibuja en un lienzo conmovedor.

Luego de una mañana convertida en el mediodía del estreno mundial de su exposición Absueltos por la solidaridad quiso llegarse al Centro Comercial La Caridad para conocer sobre los servicios que allí se ofertan, además de degustar el siempre nutricional intercambio con la turba vestida de pueblo.

- ¡Ay qué gordito estás!

Así con una alegría que no se propuso camuflar, fue el saludo de una clienta en ese establecimiento, luego de comprobar a todas voces la identidad del héroe con el cual coincidía en tiempo y espacio.

Porque él también tuvo tiempo para conversar o alzar una mano cómplice a los cientos de ojos que lo miraban complacidos. Pero mayor fue la suerte de Francisco León Jiménez, un talabartero que tiene su negocio en la popularmente conocida Estrella Roja. “Eso no es nada comparado con lo que tú hiciste por nosotros”, respondió al agradecimiento de Tony por el obsequio de un cinto perseguido y hasta hoy no encontrado.

Nos adelantó el diario de su “hermano” René, próximo a publicar, a punto de caramelo; y en ese estado fue como sentimos y vivimos la cercanía del Tony ahora un poco más camagüeyano, luego de conocer-convivir con nuestra ciudad, esa que calificó poseedora de una obra extraordinaria.

Como para “colarnos” su criollismo con una cafetera en cerámica, no dudó en posar para un flash de instantánea. Porque nunca los regalos serán suficientes para estos Cinco “benditamente” testarudos.

“¿Son cinco?, uno para cada uno de mis hermanos”. Ese será el destino de los restantes cuatro tinajones recibidos de mano de Juan Miguel Pérez Fernández, administrador general de “La Caridad”, a nombre de todos sus trabajadores.

Y de seguro no alcanzarán las horas para seguir pintando las acuarelas o escribiendo los versos que se nos antojan eternos; su hacer es la única “cadena perpetua“ que siempre aprobaremos.

Guerre, me atrevo a llamarlo como en su firma artística, la guayabera le tapaba el cinto nuevo como usted no quería pero, para fortuna nuestra, no disimulaba todo lo que late en el sitio izquierdo que pretendía “escondernos“.

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