CAMAGÜEY.- Hasta hoy Julio cargaba con la cruz de ser un semidios, sus tres títulos mundiales parecían no importar mientras sangraba la herida abierta hace cuatro años. Después de tanto luchar en la vida, después de pasar las situaciones más difíciles no podía darse el lujo de ser mortal.

Mientras veía a su hijo subir al ring de la Arena Carioca el rostro de Ana de la Caridad la Cruz Peraza era un acertijo de temor, nerviosismo y coraje, mucho coraje. Allí estaba ella con los ojos cerrados pidiéndole a sus santos, rodeada de los amigos que crecieron con su vástago.

Por un momento dejó de mirar al cielo y se enfocó en la pantalla, del otro lado Julio César lanzó un guiñó que parecía decir “tranquila mami que esto es mío”, o al menos así lo interpretamos todos.

Cuando empezó el combate Ana gritaba “pega tu primero, no lo dejes boxear”; quizás porque le llegaba como un deja vu la pelea de hace cuatro años en Londres cuando el brasileño Yamaguchi Falcao terminó con su sueño inesperadamente.

Cada golpe era coreado por la multitud de cerca de cincuenta personas que ensuciaban la sala de la casa de Ana con sus descontrolados brincos. Estaban los amigos, familiares, vecinos, glorias deportivas, autoridades del gobierno, el Instituto Nacional de Deporte Educación Física y Recreación y cuanto camagüeyano desconocido pudo colarse.

Al terminar el primer round todo estaba claro: a Julio ni el uzbeco Adilbek Niyazymbetov, ni el arbitraje, ni la Santísima Trinidad podían quitarle el oro. Su contrincante fue incapaz de tocarlo en los dos primer asaltos, Julio era una sombra que le cacheteaba el rostro una y otra vez llenándoselo de moretones e impotencia.

Después de recibir la puntuación del segundo capítulo Ana respiró profundo, apartó de su lado al tricampeón mundial Adolfo Horta y al campeón olímpico de Sydney Jorge Gutiérrez para mirar a su altar y agradecer entre lágrimas a los santos que protegían a su muchacho. Un tercer round más parejo duró cien años en aquella sala donde todos aguantaban el grito que acompañó la campana que anunció que Julio César, el niño de Ana, no era más un semidios.

“Yo estoy aquí”, decía el campeón a todos mientras el juez levantaba su mano en señal de victoria; “mi hijo, mi hijo, después de tanto, ya pasó todo, ahora eres el mejor” decía Ana en su descontrolado llanto. Todos se abrazaban, todos se felicitaban, ya estaba el triunfo de Ana, de Julio, de Camagüey y de Cuba; en la TV el único campeón olímpico cubano de los 81kg recibía su medalla, saluda la bandera con gesto militar y decía “misión cumplida”.