Por mi casa vive Yaisniel Nápoles; el dato no es nuevo. Es mi amigo. Desde hace apenas un año es miembro de la selección nacional pero está hiper desmotivado. Fue uno de los que viajó a finales del mes pasado a la Guayana Francesa; otros cuatro camagüeyanos le acompañaron. Cruzaron en una especie de chalupa un río inmenso. Al final, salieron goleados y sin posibilidad de jugar la próxima Copa del Caribe.

Ahora cada sábado regresa a su casa resignado. Cada fecha que pasa es la misma agonía. Pierde Camagüey. El equipo archiva 7 puntos de 24 posibles y cuando la gente lo cuestiona en la calle él solo atina a mirar con cara de pocos amigos. Está cansado. “Mi bro, fuimos campeones nacionales y no nos han dado ni un tubo de pasta”.

Parece haber una distancia entre la Comisión Provincial y sus jugadores. Evidentemente hay problemas serios, que se agudizaron durante la ausencia de “Lulo” Valero, el DT que los llevó a ser titulares del país.

Para colmo, al jugador más representativo de Camagüey en la última década, Armando Coroneaux, ni siquiera lo tuvieron en cuenta a la hora del hacer el grado internacional. ¿Resultado? Mandy se quedó sin aliento: hasta el brazalete de capitán intentó dejar a un lado.

No es el único. Al equipo, a mi equipo, alguien le cortó las alas, el ímpetu. Ellos, que fueron paseados como héroes romanos cuando ganaron la versión centenaria del Campeonato Nacional Fútbol, ahora pasan desapercibidos. Duele escribir de la derrota.

No sé cómo se las arreglaron los psicólogos del Barcelona para estimular a los de Luís Enrique después de ganarlo casi todo. Si alguien los ve, por favor díganles que se den un salto por acá. Los campeones de la liga número 125 del mundo, según el ranking de la FIFA, andan sin cabezas y sin pies, y nadie sabe cómo levantarles el ego. No dudo de su vergüenza colectiva. Tal vez sea su forma de responder a las malas prácticas y a la mediocridad administrativa.

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