CAMAGÜEY.- Las malas ideas son como el marabú; aunque se les arranque de raíz, de tiempo en tiempo pueden resurgir y hacerlo incluso con más fuerza. Tal es el caso del proyecto que por estos días vuelve a enarbolar la Dirección Provincial del Inder: nada más y nada menos que destruir la histórica pizarra mecánica del estadio Cándido González.

Así lo adelantaba hace algunos días el director provincial del organismo, Luis Camacho Escudero, en una entrevista concedida al diario Granma. De acuerdo con sus declaraciones, el parque de la Avenida 26 de Julio experimentará mejoras en su área de competencias, el aumento de sus capacidades de alojamiento y confort, y la restauración de “otras dependencias allí ubicadas, como el Centro de Medicina Deportiva”. La “joya de la corona” será la instalación de una pizarra electrónica.

Hasta allí la información más reciente. Lo que no recuerda el directivo es la historia previa de esa pretendida inversión.

Para hacerlo, es necesario remontarse a septiembre de 2014, cuando por primera vez se habló del tema. En ese entonces acababa de comprarse la nueva pizarra, de tecnología vietnamita y similar a las instaladas en otros estadios de capitales de provincia. Su costo había sido de alrededor de 90 mil pesos, que como es lógico, contaron con un respaldo en divisas para su entrada al país. Llevada al campo de las comparaciones, dicha cantidad de dinero hubiera bastado para adquirir buena parte de la pelotas que se emplean en los torneos de todas las categorías o impulsar una significativa renovación del terreno del “Ignacio Agramonte”, en Florida, la mayor ciudad de Cuba sin un estadio de béisbol.

Sin embargo, se decidió gastarlo en comprar la pizarra.

Adquirir ese equipo era solo una parte del proceso. Luego se debía transitar por otras dos etapas, a cual de las dos más costosas. La primera consistía en montar los paneles del nuevo marcador sobre la construcción de la vieja pizarra. Para tal acción resultaba imprescindible contratar mano de obra especializada y modificar parte de la estructura existente, hasta hacerla casi irrecuperable. Tampoco era que importara. En una explicación brindada por el propio Camacho en ese momento, quedaba claro que la pizarra actual sería demolida poco tiempo después, para dar paso a otra construida al fondo de uno de los jardines laterales, preferentemente el derecho. La razón estribaba en que las luces del tablero electrónico afectarían la visibilidad de los bateadores. En otras palabras, debería seguir sonando la contadora.

Por suerte, aquel desatino se hizo público unas horas antes de que comenzaran las demoliciones. Sucedió durante un encuentro realizado en la sede del gobierno, que presidía el Primer Secretario del Partido en la provincia. Solo su compresión, y la oposición de muchos, pudieron impedir que se concretara tamaño atentado a nuestro patrimonio deportivo.

ÚNICA EN CUBA... POR AHORA

Las razones para preservar la pizarra mecánica del “Cándido González” se fundan en la lógica. Partamos de hechos incontrastables. El primero de todos es que no cuesta nada. Basta con el trabajo de un pizarrero y el mantenimiento ocasional de su edificación y accesorios para que se pueda contar con ella en cuánto evento se organice. Además, cualquier camagüeyano que haya visitado el parque de la Avenida 26 de Julio puede dar fe de un hecho tan simple como esencial: se ve.

No se trata solo de que incluya las alineaciones de los conjuntos en lidia (algo impensable en sus similares más modernas), también está la ventaja de ser apreciable tanto de día como de noche (otra utopía para las puestas en funcionamiento al son de la “modernidad”).

Quien se llegue hasta estadios como el Capitán San Luis, de Pinar del Río, o el Mártires de Barbados, de Bayamo, podrá comprobar las múltiples dificultades técnicas que sufren esos equipos, los cuales fueron adquiridos al calor de un programa nacional implementado por el Inder sin tener en cuenta las necesidades específicas de los territorios.

Al “Cándido González”, por ejemplo, le vendría mucho mejor el mejoramiento de su terreno, que en el comienzo de la presente Serie Nacional Sub-23 se asemeja más un solar yermo que a un campo de pelota.

Los planes del Inder en Camagüey van por otro rumbo. Al parecer, no importan ni los valores arquitectónicos de ese, uno de los primeros estadios construidos por la Revolución, ni el hecho de que la nuestra sea la única pizarra de su tipo existente entre todos los parques de primer nivel en el país. Los mismos recursos que no alcanzan para atender otras urgencias, se garantizan para llevar adelante ese verdadero sinsentido, como para confirmar cuánto pueden persistir las malas ideas. Decididamente, muchas son peores que el marabú. Y tanto o más resistentes.