Los dos entrevistados coincidieron en tiempo y espacio por apenas seis meses, un punto intermedio entre dos similares carreras, de cuando había menos balas y las toscas pistolas soviéticas eran un dolor de cabeza. No construían entonces campos climatizados que exigieran tanta ropa para la estabilidad, ni tampoco los atletas “mentían” con betabloqueadores dopantes que disminuyeran el ritmo cardiaco cuando el nerviosismo deportivo malogra la puntería.

PRIMERA RONDA

Leonardo Rafael Benedicto Ruiz empieza la ronda, tal vez por a sus 76 años que ya lo sitúan como un decano del tiro deportivo en Camagüey.

“Empecé en el '66, en los talleres del ferrocarril, entre dos vagones, donde había un campito cerrado con pilotaje, techito de zinc y un talud de tierra. La caja de balas valía un peso y yo solo podía usar una por semana porque entonces eso era muy caro. Me vieron condiciones y con la incorporación al equipo provincial pude entrenar todos los días.

“Entré por embullo. Decían que le darían un fusil a quien llegara a 280 puntos pero de eso nada, me soltaron una pistola. Después, en la competencia nacional, me presionaron: ‘si logras 500 vas al Cuba’. Eso pone nervioso a cualquiera, pero hice 504. Para enero del '68 estaba en la selección.

“Primero competí con revólver y en pocos meses era de los tres primeros a los Juegos Olímpicos, pero decían era muy nuevo, y lo entendí. Entonces me mandaron a varios eventos en la Europa socialista, en México y en la propia Cuba, en los que obtuve muchas medallas. Yo competía en pistola libre, velocidad sobre silueta, fuego central y por equipos”.

Luego vino el oro centroamericano de pistola libre, en Panamá '70, y la plata panamericana de Cali '71. Después el tiro no fue a Münich. “Pero para que tú veas mi mejor competencia y de la cual estoy más orgulloso no es ninguna de esas ¡Y no cogí medalla! Termine octavo… ¡Con 551!... Fue en la URSS, en Ucrania, nada más y nada menos que frente a varios campeones olímpicos y mundiales”.

DESDE LA OTRA LINEA

Aedo Pablo Acosta Santana desenfunda sus recuerdos a los 71 años de edad. “Mis inicios fueron en 1969. Cuando aquello yo enrollaba motores y hasta había ido a alguna que otra competencia de voleibol. Así fue hasta que un profesor trajo pellets y me fue muy bien haciendo blanco. Hice una prueba de fusil, me seleccionaron y después de ir al campo de tiro unos cuantos sábados y domingos... ¡fui primero en la provincia!

“En el 'Nacional' hice marca de primera categoría, por tanto desde el '69 al '71 conté con licencia deportiva. Todos esos años el equipo de Camagüey fue campeón, hasta trajimos una copa, que como la Rimet de fútbol, se obtenía luego de tres coronas.

“Benedicto me ayudó mucho en el medio año cuando coincidimos en el equipo nacional, porque me ensenó muchas mañas. Sus consejos me fueron muy útiles en las giras que hice por Checoslovaquia y Rumania en 1972; además, en 1973 obtuve dos segundos lugares en México y un primero en Georgia, en la URSS.

“Lo más importante en mi carrera fue la plata panamericana del '75 en México, porque para las olimpiadas de Montreal sufrí un accidente que me alejó del deporte activo”.

TIRO SALTEADO

Aedo: “¿Cómo disparábamos entonces? Yo todavía repaso mentalmente la rutina de los disparos. A las pistolas soviéticas había que meterle trincha al mango, para agarrarla bien, y barrenar el cañón porque hacían mucho ruido y con el movimiento de retroceso se perdía la puntería ¿Era una locura? Bueno, pues con eso ganábamos, aunque se nos encasquillaban algunas pistolas por nuevas que fueran”.

Benedicto: “Las balas negras eran muy malas. Ahora es una maravilla ver a Leurys Pupo con las armas modernas, pero antes apenas si teníamos unas pocas balas buenas para la hora de competir. El tiro deportivo siempre ha sido un deporte caro.”

Aedo: “Al principio no teníamos ni entrenadores, aunque aquí estaba Rúa, por ejemplo, pero fueron los rusos los que nos enseñaron. Uno era Leonid y el otro un general que había sido campeón mundial y hacía blanco con la escopeta en una sola mano.”

Tanto Benedicto como Aedo extrañan aquellas épocas de gloria. Lo que más les preocupa hoy es la falta de campos de tiro. Tal vez el de la Universidad, con uso militar, sea un buen ejemplo de recuperación, pero antes con una buena loma de tierra bastaba para frenar los plomos aun en zonas residenciales.

Aunque las balas siguen escasas, a nuevos pistoleros les toca batir siluetas hasta cosechar tantas medallas como las de este dúo.

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