CAMAGÜEY.- El estudiante sale corriendo del aula a toda velocidad. Su meta es llegar puntual al partido. Los compañeros lo esperan para completar el quinteto. Al fin llega, saca de la mochila unos tenis, se cambia de ropa y comienza a jugar.

En la cancha ni siquiera notan que es un novato de primer año, pero escucha la voz de la experiencia de aquellos que competirán por última vez. Con destreza evade a los oponentes, pone la vista en el aro y tira. ¡Canasta!

Termina el encuentro, agarra su mochila y comienza la apurada metamorfosis hasta convertirse, en minutos, en portero de su equipo de fútbol. Con espectaculares atajadas que no creía capaz de hacer, ayuda a obtener la victoria.

El día siguiente transcurre muy parecido. En el turno de Filosofía, las tesis de Aristóteles se mezclan en su cabeza con las estrategias ofensivas del juego de béisbol y las combinaciones del voleibol. Tras almorzar con su novia (campeona de salto de longitud), busca un bate y se dirige al terreno de competencia.

Para él, participar en los juegos universitarios es la oportunidad de transformarse en el campeón que soñó ser desde niño. Hace de sus compañeros de equipo los mejores amigos de lucha, inseparables cómplices de las travesuras futuras. La Facultad es, entonces, la patria pequeña, esa que defiende hasta con los dientes de quienes la retan.

El joven es solo uno de esos muchos universitarios que durante los Juegos Interfacultades Taínos se convierten en magos para poner en alto el nombre de los suyos. Con remates, goles, jonrones, canastas, jaque mates y saltos, los futuros licenciados e ingenieros disfrutan sus semanas de atletas en una de las 45 ediciones de la mayor fiesta del deporte universitario en Camagüey.