No hay cinta cinematográfica o programa televisivo de ese país, en que no se vean ondear en espacios públicos y hogares, o permanezcan estáticas en esquinas de oficinas.

Una psicóloga entendida en temas sociales, a quien conozco hace muchísimos años sembró en mí el interés de investigar el por qué de la ausencia de ese símbolo patrio en instituciones estatales, culturales y hoteleras.

La también socióloga, al fin sugirió aplicar la observación y la entrevista dentro del arsenal de las herramientas de la metodología de la investigación, aparentemente fáciles, certeros y que nunca fallan.

El estudio, desde luego, tenía que ser paciente para hacer creíbles los resultados y acercarnos al intríngulis del problema: ¿Queremos de verdad convertir a Camagüey en una verdadera y, a la vez, envidiable zona de turismo de ciudad con sus valores arquitectónicos y patrimoniales, o como punto intermedio de tránsito obligado de visitantes foráneos en el recorrido desde el occidente hasta el oriente, o viceversa?

Camine todo el circuito comercial del centro histórico y comprobará que, salvo honrosas excepciones, la enseña Patria flamea desplegada en pocos sitios, como en lo más alto de la siempre atractiva edificación ecléctica, donde radica el Centro de Convenciones Santa Cecilia en la Plaza de los Trabajadores o en la fachada de la Unidad de la Policía de la calle Avellaneda.

En la casa natal de El Mayor General Ignacio Agramonte Loynaz, en el antiguo edificio de la Real Audiencia, hoy sede del Tribunal Provincial Popular, en el otrora Ayuntamiento, sitio donde radica la Asamblea Municipal del Poder Popular y más allá en la Legión de Honor Ferroviaria, en República y Línea del Ferrocarril, por citar algunos lugares de esta urbe, el blasón brilla por su ausencia.

Argumentos tal vez hayan para decir que por equis o por ye no han accedido a la bandera; sin embargo, por qué donde la poseen no la arrean en el mástil al amanecer de cada día y la bajan cuando el Sol está a punto de esconderse, salvo un imprevisto por lluvia en que no debe permanecer expuesta al fenómeno climático.

Contradictoriamente ahora se ha hecho “moda” que bicitaxistas circulen por la ciudad con una bandera norteamericana, inglesa, alemana o con el símbolo del Real Madrid, eje de una propaganda que no guarda ninguna relación con nuestros tradicionales hábitos y costumbres enraizados de generación en generación.

El domingo 6 de diciembre, en conversación con un conductor de este modelo de vehículo de transporte, que circulaba por la calle Bembeta y Bayardo Agramonte le expresé: Quizás sea una pregunta indiscreta pero ¿qué te motiva traer una bandera americana guindada en el equipo?

Con buenos modales respondió: “No lo hago por ningún otro interés, simplemente como es un pañuelo, lo utilizo para secarme el sudor”.

Los medios de transporte de ese tipo que pertenecen a la Oficina del Historiador de la Ciudad, podían tomar la iniciativa de que los vehículos en sus recorridos con turistas lo hagan portando una bandera nuestra, en formato pequeño y los conductores continúen, como casi siempre, con la acostumbrada ética, educación y cultura.

Los vecinos de la calle Hospital temen que un día en las desenfrenadas carreras, realizadas por esa trama urbana, varios de esos vehículos se volqueen y haya que lamentar graves lesiones de los visitantes foráneos.

Mi interlocutora dijo una verdad más grande que un templo: En cualquier punto de la ciudad tomas fotos, pero si no tienen un detalle identitario de Camagüey y con la bandera cubana, la instantánea puede ser de cualquier sitio del mundo, menos de la legendaria ciudad, con sus caprichosas y estrechas calles y plazuelas.

No escapa de la observación de que en Camagüey encontramos algunos “americanizados” que le venden el alma al diablo, y exhiben, ante los molestos vecinos, la bandera de las 50 estrellas como si fuera un trapo, mientras convierten la cuadra en un dancing nigth, con intermitentes luces y un bailoteo que entorpece el paso de peatones, incluso de vehículos.

Todo lo narrado es un pálido reflejo de los problemas que tenemos. Camine por la calle República, desde la farmacia Ibarbia hasta la esquina de Ignacio Agramonte y encontrará una saturación excesiva de anuncios y ningún cartel de propaganda política, señal de un mal síntoma en momentos en que se necesita reforzar las ideas y convicciones.

Empero, quién duda que tengamos a quienes piensan en anunciar en su negocio la venta de hamburguesas en un cartel, bajo el nombre de la transnacional norteamericana “Mc Donald”. Una afrenta a nuestra dignidad. ¿No cree?.

Conozco de turistas radicados en casas de renta en Camagüey que cuando sienten ese “musiqueo” comentan que en sus países no hay quien se atreva a semejante irrespeto.

Esos que vienen de la cercana yuma no tienen --ni tendrán-- un salvoconducto para violar las normas de convivencia social y obligar a los vecinos a cerrar puertas y ventanas para escuchar medianamente la programación de la televisión.

¿Quieren fiesta? Solicite el permiso y le especificarán hasta qué hora. Hay fechas y fechas. Ahora que se aproximan los festejos de fin de año: ¡A guarachar!, como dice Yumurí, pero con cordura y sin estridencias que molesten al vecindario.

Quienes tienen ese comportamiento acá adentro por qué no lo practican del otro lado del mar. Es un procedimiento obsoleto, fuera de moda, al igual que la indisciplina entronizada por algunos ciudadanos, en horas de la madrugada, de llegar a donde viven, o transitan por la ciudad, con música súper altísima e irresistibles decibeles, salidos de las bocinas de sus vehículos, mientras la urbe duerme.

De la prestigiosa intelectual cubana Graziella Pogolotti leí una expresión que me quedó grabada en la mente: “La grandeza de nuestra especie está en la dimensión de su conciencia”, y añadió: “La auténtica valentía nace de la lucidez para reconocernos como somos y en la capacidad de superar nuestras debilidades intrínsecas”.

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