Mis recuerdos del Che en Minas de Frio (IX)
Dormitaba en las guardias
Jorge
Betancourt Herrera
Esteban Leyva Torres confiesa que no le
interesaba poseer un arma después que el Che le privó de obtener una el
día en que, al ser de los reclutas más destacados en la Sierra Maestra,
Cuba, en plena lucha armada allá por 1958, se puso en primera fila cuando
llegaron las armas enviadas por Fidel, y el jefe guerrillero le dijo que
esa vez los últimos serían los primeros….
Pero sí le interesaba realizar las guardias armado, porque los soldados
enemigos estaban a apenas 500 metros, del otro lado del río Yara pero, por
inexperiencia juvenil o falsa apreciación de sus posibilidades, a veces
dormitaba, por cansancio, hambre, o excesiva confianza.
Como era muy hablador le comentó a un compañero que el no pasaba malas
noches. “Yo hago lo que oí por la radio en un capítulo de las aventuras de
Los Tres Villalobos: Pegar el oído al suelo, como los indios, para saber
si alguien se aproxima”.
El Che se enteró y un día lo llamó: “¿Tu te duermes en las guardias?” Fui
sincero: Sí, a veces, pero si los guardias vienen, tienen que topar
conmigo, porque los caminos son estrechos y me acuesto en el medio de esa
senda.
“Pues te voy a coger un día de estos y eso sí va a ser un problema”, dijo
muy serio el Che ante tan descarada respuesta.
Le respondí que no se preocupara que yo respondía por mi guardia.
A los dos o tres días me metieron una guardia a las tres de la madrugada.
Hacía un frío del carajo. Emilio, el negrito flaco amigo mío, me dio su
Garand.
“Maestro –me llamaban así por que les impartía clases, ahí está su fusil…”
Y me fui recordando que el Che había dicho que me iba a coger dormido…
Me fui pa’l camino y me acosté. El campamento estaba arriba y yo sabía que
el Che se encontraba allí. El va a venir a tratar de sorprenderme, pensé.
Al poquito rato, medio dormido, me desperté sobresaltado, en el
subconsciente la idea de que el Che se acercaba. No se cómo, pero lo
presentía...
Estaba en medio del camino, en el derrisco que sube y baja la loma,
acostado en un hueco que había hecho. Si el enemigo se acercaba en esa
oscuridad, además de no verme, lo sentiría, le caería a tiros(con lo que
mis compañeros se pondrían sobre aviso) y le sería difícil sacarme de
allí.
Adormilado, rodeado por el silencio, que solo turbaba el chirrido de los
grillos, escuché a alguien avanzando. Procedí a echarle pa’tras la carga
al Garand, lo dejé listo para disparar, y pronuncié un ¡Alto!, que salió
bajito, medio dormido como estaba.
Me sacudí un poquito, para despertarme bien, y repetí: ¡Ya dije un ¡alto!
Ahora voy para el segundo, ¡alto! (la orden era darlo tres veces). Bien…
ahora voy para el último. ¡Che, salga de ahí, porque lo voy a hacer un
colador…! Voy… “¡No, no, está bien…!”
Entonces se acercó y conversamos un buen rato. Yo a veces me duermo,
comandante, pero no me va a coger dormido. “Pero sabés que eso no puede
hacer. Es una indisciplina y también el enemigo puede sorprendernos…”
No se preocupe Che, en mis guardias nunca habrá problemas, aseguré.
Y así fue…
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