Che eterno entre nosotros


Mis recuerdos del Che en Minas del frío (VII)

Bombas y metrallas

Jorge Betancourt Herrera

Cada día, después que salía el sol, iba aclarando y la neblina se diluía, llegaban los aviones de la dictadura de Fulgencio Batista a bombardear y ametrallar la escuela de reclutas del Ejército Rebelde en Minas del Frío, estribaciones de la Sierra Maestra, en la región oriental de Cuba
A lo lejos –recuerda el guerrillero Esteban Delfín Leyva Torres- veíamos el reflejo del sol en el fuselaje de los aviones, e íbamos a escondernos y resguardarnos en las trincheras, hasta que se retiraban después convertir varias horas aquel lugar en un infierno.
Yo era un “bicho”, también le tenía miedo a los aviones, y trataba de hacer mi guardia temprano, entre las ocho y las diez de la mañana, antes de que se diluyera totalmente la neblina. Y al concluirla iba y me metía en un hueco. De esa manera sufría menos tiempo el ametrallamiento y los bombardeos.
El Che parece que se dio cuenta y me dijo: ” ¡Lo que le tienes es miedo a los aviones!” Sí, y usted no?, repliqué. “¡No!” Pues yo sí creo que le temes, respondí.
El testimoniante, Esteban Delfín Leyva Torres, conocido allí como “El Maestro” o “Delfín”, reconoce que era contestón, algo fresco y confianzudo. Un guajiro testarudo. A quien nuestros abuelos campesinos calificarían como alguien
“atravesao como palo’e cañá”.
Entonces para comprobar si era o no cobarde –y joderme, porque sabía que buscaba hacer la guardia temprano -, me cambió la próxima para las dos de la 2 tarde.
Emilio, un negrito prieto, no recuerdo su apellido, que me quería y defendía mucho, porque lo saqué de la guerrilla del Cauto –cuyo jefe era Walter Santiesteban Pupo, fusilado después por sus crímenes y tropelías- y fuimos juntos para la Sierra Maestra, me entregó su Garand y dijo: “¡Cuídate!”
Me quedé en medio del camino debajo de una guasimita, sentado sobre una piedra donde me veían los aviones, porque me daba lo mismo que me mataran o no. Estaba perro, encabronado, bajo las bombas y la metralla. Y veía al piloto cerquita cuando pasaba como a unos cien metros de distancia, y le marcaba el tiro con el Garand, seguro de que lo tumbaba si le tiraba.
Así aguanté el estruendo de las bombas y proyectiles de las ametralladoras calibre 50 de los aviones, hasta que se retiraron. La guásima quedó pelá y yo con la ropa llena de restos de hojas y corteza, pero no me moví dispuesto a morir con tal de demostrarle al Che que no era un cobarde.
El, que sin darme cuenta me había estado observando, para comprobar si me quedaba allí o iba a protegerme en una trinchera, se acercó. Al verle, le dije: ¡Usted creía que me iba a ir, pero yo cumplo. Me mandaron pa’quí y estoy aquí!. “¡Está bien!”, asintió.
En ese momento, ahí parado, me dio la impresión de que tenía intenciones de darme un abrazo y felicitarme, pero se contuvo y vino a sentarse a mi lado.
¡Comandante, déjeme tirarle al piloto, que lo tumbo! ¡Usted sabe que disparo bien, que tengo buena puntería, y lo tiro pa’bajo, pa’l fondo del río Yara! Varias veces le insistí, y respondió: “¡No!” 3Explicó que no dudaba de mi puntería, pero que si me autorizaba y lo tumbaba denunciaría nuestra posición al enemigo.
De allí el Che nos trasladó para el Alto del Moro, donde a los pocos días mataron a Rafael Verdecia…
Y Esteban, mientras los demás compañeros portaban armas, siguió de un lado para otro con sus dos laticas de TNT y el nailon con los diez cigarros, los fulminantes y la caja de fósforos. Además repartía la comida o el agua: “dos latas en un palo, al hombro…”
Hasta que un guajiro le regaló un cuchillito para comer lo que encontrara por ahí y defenderse de tanta hambre.

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