Che eterno entre nosotros


Mis recuerdos de Che en Minas de Frío (V)

La entrega de armas

Jorge Betancourt Herrera

A fines de mayo el Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, envió diez armas a Minas del Frío en las montañas orientales de Cuba, para enfrentar la ofensiva de la soldadesca de la tiranía (dos o tres M-1, una Johnson y varios Garand), y el Che indicó que las entregaría al primer grupo de graduados. Esteban Leyva Torres se puso en la primera fila.
Cuando me vio allí, preguntó: “¿Y usted, qué hace allí?”
Contesté que había sido de los mejores durante el curso. Me miró y respondió: “Pues ahora los últimos serán los primeros…” Y me quedé sin arma.
“¡Coge la “yegua preña!”, decían los demás compañeros, refiriéndose a la Johnson porque tiene la barrigona esa (decían que se utilizaba para matar elefantes. Hoy se exhibe en el Museo de la Revolución).
Pero el Che intervino y precisó tajante: “¡ No va a coger nada!” ¿Pero, por qué?, indagué. “¡Porque tengo otra sorpresa para ti!”

Granadero

Días más tarde me llamó: “¡Ven, que te voy a enseñar a manejar granadas!” Mostró una falsa, de madera. Explicó cómo debía lanzarla al acercarse los guardias enemigos. Y luego indicó que yo, en vez de granadas, utilizaría laticas con TNT (dinamita) dentro.
En improvisados talleres en la Sierra Maestra se confeccionaban estos y otros armamentos, con restos de bombas lanzadas por la aviación del tirano Fulgencio Batista que no explotaban… como el “Sputnik”. En Interludio, el Che reconocía: “…dichas cargas de TNT y otras parecidas estallaban en sus
fundas de lata de leche condensada, produciendo solamente mucho ruido”. (7)
El Guerrillero Heroico después de explicarle a Esteban lo que debía hacer al acercarse los soldados enemigos, le entregó dos laticas vacías de puré de tomate rellenadas con TNT. Y aparte, unos fulminantes chiquitos –para poner uno por latica -, diez cigarros y una caja de fósforos, que introdujo en un nailon, para evitar que se mojaran o humedecieran.
“¡Fíjate, que no se pierda ni un cigarro, ni se moje, ni los fósforos tampoco!”, precisó.
Y procedió a explicarle: “Tu espera a que los guardias estén a unos diez metros de distancia… “ Esteban no pudo aguantarse y exclamó: ¡A diez
metros!,” pensando que era una locura, prácticamente un suicidio.
“¡Sí, es arriesgado, pero estarás oculto. Enciendes el cigarro y cuando los guardias estén a diez metros, se lo pegas al fulminante (o mecha) y les lanzas la latica!”
Y quiso calmarme un poco: “Estarás ahí emboscado con nuestra gente y así, cuando vengan los guardias, tendrás un arma, ¡ves!”
Me quedé callado y me fui, pero por la noche pensaba: ¿A quién se le ocurre en medio de un combate, prender un cigarro, pegárselo a una mechita que casi no se ve en medio de una lata de puré, y tirársela a un tipo de viene avanzando con un arma automática, listo para disparar…?
Entonces, aunque inconforme, andaba de un lado para otro con mis dos laticas, los fulminantes y los diez cigarros. Y el Che, cada vez que me veía, llamaba:
(7).- Ernesto Che Guevara, artículo citado, página 386.
“¡Ven acá, déjame ver los cigarros!”. Después de revisar el contenido del nailon y contar los diez cigarros, y comprobar que nada faltaba, me lo devolvía.
Esteban, siempre que le entregaba el nailon, le decía: Comandante, yo no fumo, ni me interesa hacerlo, y todo lo cuido. Trataba de hacerle entender que no le revisara más, pero cuando volvía a verlo. “¡Oye, dónde están las dos laticas y los cigarros!”
Me tenía jodido con esa revisadera. Y yo le repetía que le tenía terror a las laticas (aparte del miedo a que me dieran un tiro y ser herido, o que me mataran).
Entonces me miraba inquisitivamente, quizás pensando que era cobarde, y enfatizaba: “¡Esa es tu arma!”

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