Mis recuerdos de Che en Minas de Frío (ll)
La mula
Jorge Betancourt
Herrera
Una mañana en Minas de Frío, el
combatiente del Ejercito Rebelde Esteban Leyva Torres y
un compañero llamado Porfirio Alarcón salieron a cumplir una misión
orientaba por el Che. “El era dirigente azucarero –miembro del Partido
Socialista Popular (PSP) de Cuba. Un negro grande, que parecía una mole”,
recuerda.
Pero en el camino la mula que llevábamos se partió una pata al meterla en
el hueco de la raíz de un árbol y hubo que sacrificarla. Porfirio la
degolló y le quitó con el cuchillo una matadura, la deshuesó, echamos esa
carne sudá en un saco y pa’la cocina.
Hirvieron la carne…una peste aquello, pero como en Minas de Frío pasábamos
mucha hambre, nos la comimos sin sal, deshilachada, con un asco del carajo.
Porfirio era un persona siempre dispuesta. Cada vez que el Che iba a
hablar, levantaba la mano antes de que empezara.” ¡Porfirio,
baja la mano,
espera a que hable!”, decía el Che, pero contestaba: ¡Es una disciplina
del Partido, comandante! Y a cada rato, estaba con su brazo en alto, listo
para cumplir cualquier misión.
Por esta disposición ejemplar a ser siempre de los primeros, su disciplina
y coraje, Porfirio integró la columna guerrillera que, dirigida por el
Che, realizó la invasión desde la Sierra Maestra hacia el lomerío del
Escambray, en la antigua provincia de Las Villas.
El toro
Un día trajeron varios toros. Recuerdo
que estaba “Teté” Puebla en una gestión de intercambio de prisioneros con
el ejército de Batista. Y el Che orientó: “Ahí hay un toro que se pudiera
matar para que coma la tropa”. Era un toro flacón, como de dos años, pero
no había soga.
Yo, que a cada rato me jugaba la vida para mitigar el hambre, cruzaba el
río Yara por entre el monte, del lado en que estaban los guardias, e iba a
buscar mangos, había visto mucho Guamá, un árbol que tiene una fibra muy
buena para confeccionar soga, le dije que podía hacerla.
¿Cómo?, preguntó el Che. Le expliqué y me indicó: “Bueno, pues ve, corta
los palos y haz la soga”.
Me fui pa’llá con un grupo de compañeros y cortamos gajos sin nudos. Los
machucamos y sacamos las fibras. Las tejí en tres ramales. Al regresar me
brindé para matar al toro y me autorizó.
Y el Che todo el tiempo estuvo observando cómo trenzaba las fibras de
Guamá y mirando cómo maté al animal, descueré, deshuesé y le saqué la
carne, que también hubo que comerse sin sal…
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