Mis recuerdos de Che en Minas de Frío (I)
Jorge Betancourt
Herrera
Esteban
Delfín Leyva Torres ingresó a la Juventud Socialista en 1950, cuando
contaba con 12 años de edad. Lo hizo en Las Arenas, zona oriental
campesina cercana a Jobabo, en Las Tunas, Cuba.
Durante la lucha contra la tiranía de
Fulgencio Batista integró el Movimiento Revolucionario 26 de Julio, y
después, en peligro por algunas acciones realizadas contra la dictadura,
se “alzó” en los llanos del Cauto.
En mayo de 1958 pasó a Las Vegas de Jibacoa. De allí le enviaron a Minas
de Frío, estribaciones de la Sierra Maestra, hoy municipio de Bartolomé
Masó, en la hoy provincia de Granma, a cursar la escuela de reclutas que
dirigía el comandante Ernesto Che Guevara. Concluyó la guerra popular y
revolucionaria en la “tiendecita” de La Plata, en la comandancia del
Ejército Rebelde.
Cuarenta y siete años después, con casi 67 años de prolífica vida,
jubilado tras ejercer casi tres décadas como especialista en Medicina
General del Hospital Provincial Manuel Ascunce Domenech, de Camagüey, y
medallas, distinciones y condecoraciones otorgadas por el Consejo de
Estado de la República de Cuba y el Ministerio de Salud Pública, Esteban
rememora aquellos hechos.
LAS BOTAS
A los dos o tres meses de estar “alzado” usándolas, a veces sin
quitármelas, de tanto caminar por el llano o el monte, entre pedregales,
agua y fango, subiendo y bajando lomas, o debido a las prácticas
militares, mis botas americanas,
marca Miller, se rajaron, se quedaron en el tubo.
Y yo le tenía terror a andar descalzo, a meter el pie en el fango, lo que
asocio con una herida que me di cuando muchacho en un campo de arroz que
ayudaba a sembrar a mi padre y hermanos. Un palo bajo el fango me atravesó
el pie, me dio un “puyazo”. Parece que en la mente tenía aquello y
arrastraba los pies...
Hablé con un grupo de zapateros de Manzanillo que tenía el Che en Minas de
Frío. Estaban acostados en el suelo, en casa de Mario, dueño de un bohío
con techo de zinc que bombardeaban mucho de día los aviones de la
dictadura*
¿Qué te pasa?, preguntaron. Me he quedao sin botas. Estas tienen mucho
material en el tubo. Se lo cambio por otro par.
Me miraron como si estuviera loco…
Entonces me le aparecí al Che y le dije lo que me pasaba. ¡No, aquí no hay
zapatos, no hay nada!, contestó. ¿Pero, no hay una zapatería para
repararlas?, dije. ¡Aquí no hay nada¡, repitió.
Me quedé mirándolo, mientras me brotaban lágrimas. Me sentía destruido,
sin solución al problema que tenía, pensando en cómo podría caminar al
otro día, y me acosté acurrucado en medio de la sala y me quedé dormido.
No sé cuánto tiempo estuve así, cuando sentí que me tocaban por el pie.
Abrí los ojos y vi al Che. Entonces hizo puumm, me lanzó un par de zapato,
y dijo: “¡Vaya, ahí tiene sus zapatos!” Su rostro reflejaba alegría y
satisfacción. Es la imagen que tengo de ese momento., No supe cómo o dónde
consiguió los zapatos.
Poco después los cohetes de los aviones destruyeron la casa de Mario.
Fidel, al conocer estos hechos, le decía en una nota a Celia Sánchez
Manduley:
“Me he jurado que los americanos van a pagar bien caro los bombardeos.
Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y
grande. La que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta de que ese va a ser
mi destino verdadero”. (1)
(1).- Blanco Katiuska. Todo el olor de los cedros. Editora Abril. La
Habana, Cuba. 2003. Páginas 400-401.
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